Seis de la tarde. El horizonte empieza a adquirir un matiz anaranjado. Las olas no tienen la potestad de horas atrás. Los peces celebran una larga jornada de supervivencia. En la orilla, un hombre solitario. Silla de ruedas.Mirada frente al mar. Un mar sin apenas brío, sin el fulgor que demostraba cuando entre los barrotes del cielo se colaban los primeros rayos de sol. Un hombre bizarro, que se torna incandescente sin temer a una marea sórdida.
Sin miedo, sólo busca el desasosiego reinante en esa playa tediosa. Lo consigue. Entre sus dientes masacrados por la senectud y la caducidad de su rostro se le observa un halo de seguridad a sabiendas que mañana su vida volverá a comenzar de nuevo y hallará la luz impenetrable que a los demás tanto cuesta hallar.
P.D: Queso para un mamón





