jueves, 30 de septiembre de 2010

Luz brillante

Seis de la tarde. El horizonte empieza a adquirir un matiz anaranjado. Las olas no tienen la potestad de horas atrás. Los peces celebran una larga jornada de supervivencia. En la orilla, un hombre solitario. Silla de ruedas.

Mirada frente al mar. Un mar sin apenas brío, sin el fulgor que demostraba cuando entre los barrotes del cielo se colaban los primeros rayos de sol. Un hombre bizarro, que se torna incandescente sin temer a una marea sórdida.

Sin miedo, sólo busca el desasosiego reinante en esa playa tediosa. Lo consigue. Entre sus dientes masacrados por la senectud y la caducidad de su rostro se le observa un halo de seguridad a sabiendas que mañana su vida volverá a comenzar de nuevo y hallará la luz impenetrable que a los demás tanto cuesta hallar.


P.D: Queso para un mamón

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Sueños

Espera un sueño, lo espera porque ve una estrella caer.
Ve una estrella caer porque mira al cielo,
cielo al que mira porque todavía cree en algo.

Un algo incalculable, repleto de imaginación.
Hay una senda, larga y serpenteante,
que conduce al país de mis ensueños,
donde entona sus cantos la alondra
y brilla la blanca luna.

Hay una larga noche, larga noche de espera,
hasta que mis sueños se realicen.
hasta el día en que pueda recorrer
esa larga, larga senda contigo.










Espacio vital


Puntos,
Círculos.

Tantas operaciones que hacer con su fisonomía.

Rodearlos.
Saltarlos.
Agujerearlos.

Hacerlos rodar colina abajo.

Introducirse en ellos, justo en el centro, donde el diámetro de la felicidad es mayor.

Sin cuadraturas, por si en cualquier momento se necesita escapar lejos.

Dejarse llevar. El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, pero el entusiasmo... el entusiasmo es inconmensurable.

martes, 28 de septiembre de 2010

Relojes de colores

Despiertas. Observas tu reloj de colores, como siempre situado a medio camino entre tu hombro y tu muñeca, en tierra de nadie. No tiene horas. Tampoco minutos. Ni siquiera segundos. Tan sólo un fondo blanco, que en cierto modo, te estremece.
Caminas. Te percatas de que estás en un lugar onírico, un mundo donde no existe el tiempo. Las milésimas secuenciales pasaron a mejor vida. Aquí lo importante es disfrutar sin límite de manecillas, sin preocupaciones.

Sorprendida ante la situación, acudes nuevamente en busca de tu reloj. Tiene un mensaje para ti: "Buenos días, es hora de soñar". La extrañeza invade cada recoveco de tu cerebro. Miras por la ventana. Sin lugar a dudas, es una noche oscura dentro de la oscuridad. Magia. Haces que el tiempo sea infinito.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿Dónde estás?

La alegría ni se fabrica ni se negocia.
Es tan cara que no puede comprarse con dinero.

Por eso es preciso disfrutarla, paladearla lentamente, dejar que la boca se impregne con su omnipotente y efímera dulzura.
Su alegría, que era como encontrarse cada mañana un bebé vivo en el contenedor.
Ella decidió esconderse, llevándose consigo esa alegría. Quien sabe si por los besos, tras los besos o ante ellos. Esconderse era la única forma de prohibir el azar y colocar la alegría en terreno prohibido. Ahora me pregunto dónde está.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Laberinto para un Playmobil


Cuando soy un taxista siempre el mar está cerca.
Cuando soy un pianista acaricio las notas de tu corazón.
Cuando soy un pintor, pinto tu alma de almendros.
Cuando soy cocinero, sabe tu boca a cabellos de ángel.

Y cuando soy yo mismo, te regalo las llaves de mi laberinto.

Cuando soy un obispo son tus besos catedrales.
Cuando soy un ladrón robo todas tus penas.
Cuando soy un piloto te veo en cada nube.
Cuando soy un mendigo brillo de codicia al verte.

Y cuando soy yo mismo, te regalo las llaves de mi laberinto.

Cuando soy un albañil, te construyo un palafito.
Cuando soy un profesor, apruebo tu conducta.
Cuando soy un marinero, te regalo los vientos.
Cuando soy un juez, te declaro inocente.

Y cuando soy yo mismo, te regalo las llaves de mi laberinto.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Eterna espera


¿Cuánto hay que esperar?
¿Semanas, meses, años?
¿Se justifica la demora?

¿No es mejor oxigenar la vida con alguien que no necesite respiros espirituales ni ausencias lejanas para reconocer que somos queribles?

A pesar de que el sentido común sostiene que las cosas hay que perderlas para valorarlas, desde mi punto de vista y refiriéndome exclusivamente a una cuestión de respetabilidad personal, el solo hecho de que tengan que "perderme" para "valorarme" es ofensivo, además de un fastidio.

La espera de una decisión que sabes que nunca llegará... La eterna espera