La alegría ni se fabrica ni se negocia.Es tan cara que no puede comprarse con dinero.
Por eso es preciso disfrutarla, paladearla lentamente, dejar que la boca se impregne con su omnipotente y efímera dulzura.
Su alegría, que era como encontrarse cada mañana un bebé vivo en el contenedor.
Ella decidió esconderse, llevándose consigo esa alegría. Quien sabe si por los besos, tras los besos o ante ellos. Esconderse era la única forma de prohibir el azar y colocar la alegría en terreno prohibido. Ahora me pregunto dónde está.
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