jueves, 14 de octubre de 2010

Nieve bajo el agua


Le complace amanecer de tal forma. Aletargado en una pequeña silla de cuatro patas, que en ocasiones, a lo largo de la noche, ha adquirido existencia propia. Vuelve a despertar con cara de loco. Misteriosas reflexiones atacan su ya degradada imaginación a causa de sus anhelos. Le gustaría que estuviese aquí, ahora. Sabe que le complacería presenciar el espectáculo que está teniendo lugar allá arriba, por encima de su cabeza... pero por debajo de sus pies.

Sin embargo, está tranquilo. No tiene ningún tipo de cobardía. En este amanecer se siente más bizarro que nunca. Esa gallardía se la otorga la seguridad de que ella estará pasando una agradable velada entre helados de chocolate. Mientras ella duerme, él toma su mano. Quiere que de algún modo esté presente. Las sonrisas las dibujará él en su cara, pincel en mano. O mejor, cera blanda. Nubes en forma de esponjita. Pájaros convertidos en arazules. Aviones hechos con fresitas. Y un sol... menudo sol. Un kiwi de gominola. Un sol de color verde, fruto del constante oleaje durante toda la noche. Los ladrillos de este cielo son sólo para ella, confinado para su alborozo.

Se apagan las luces de la calle. La maquinaria de sus luciérnagas funcionan en su mundo interior a pleno rendimiento. Él ya se va a casa, donde los desayunos saben a bienvenida. Sonriente, consciente de que ha cumplido su objetivo. Su intermitente ha quedado inutilizado. Ahora va a reír insistentemente y no a intervalos. No puede evitarlo. Antes de marchar, dibuja con tiza algo en su frente. Y es que no quiere que olvide que por ella es capaz de hacer que cada día nieve bajo el agua. Será lo primero que vea al despertar y mirarse en los charcos, sus particulares espejos.

Ahora sí, su cara de loco desaparece. Con interrupciones, este mensaje, escrito sin arrugas, ha durado veinticinco minutos. Locos e intensos en demasía para resultar ciertos.


P.D: Queso para un mamón

miércoles, 13 de octubre de 2010

Viveza encarcelada


Se despierta. O mejor dicho, se levanta. No ha pegado ojo en toda la frígida y calurosa noche. Amanece con cara de esquizofrenia. Su cama, cubierta de globos de todos los colores, augurua un día esplendoroso. Quiere borrar los rescoldos del pasado día, cuando ella se fue sin despedir. Quizás se fue a una de esas cenas que saben a despedida prematura. Sin embargo, no quiere que sus huellas dactilares desaparezcan de su vida. Desayuno de helado preparado, se dispone a ir a la azotea.

El camino no es nada sencillo, más bien tortuoso. Pisar los charcos que conducen a la puerta nunca le resultó tan fascinante. Pero se entretiene. Es inevitable quedar embelesado con las burbujas que la estancia en su memoria ha fabricado para su regocijo. Algo llama inusitadamente su atención. Recordaba que la composición de cada uno de sus habitáculos de su morada se basaba en el ladrillo, pero desconocía que su azotea estuviese hecha con amapolas en forma de corazones rojos.

Para animar la soporífera mañana veraniega, un piano colocado estratégicamente en el centro de la azotea, hace sonar música inefable, como esos cuentos que disfrutas de tal forma que estás ansioso de llegar al final. No hay nadie al frente del piano. Es posible que sea su imaginación. Es entonces cuando se percata que una pelota está haciendo sonar las cuerdas del piano. Es una señal, su vida empieza a afinarse. En circunstancias oníricas, muchos aspectos resultan incomprensibles. La pelota se abalanza sobre él, le golpea y cae fulminado sobre las amapolas.

La mañana siguiente, cree que todo ha sido una fábula. Cama cubierta de pelotas de colores. Piensa que le puede haber hecho una visita el amor. O que se está empezando a volver loco. La bendita locura del día anterior se torna en un agradable trastorno amoroso.



P.D: Queso para un mamón

martes, 12 de octubre de 2010

Las hojas sueltas


Se siente un forastero ante tan insólito acontecimiento. Quizás se esté volviendo loco. No quiere salir del bosque, pero la oscuridad está ganando terreno a la esperanza. Continúa el sendero cubierto de hojas secas. Ya ha llegado el otoño en su fantasía, en su memoria, en sus promesas.

Su cabeza, la única parte visible que sobresale entre tanta flora. Con ella elucubra. Miles de cábalas asaltan, silbato en labios incluido, su congestionado talento. Roza un punto en el cual una persona no sabe a qué atenerse. A merced de cualquier pormenor, de la esencia del otoño.

Mísero y trivial se siente, prestidigitador es. Convertir el verano en otoño le ha exigido una minúscula porción de su tiempo. Venera la frialdad de esta época, pero aún no ha llegado el otoño de su vida. Reina la incertidumbre.

Desconoce su destino, el ser un ciprés con vida propia o una hoja suelta. Diferente a las demás e inundada de locura, que escapa de su némesis en busca de su media-hoja, su media-mor. Una hoja, que presa de la locura, se esconde, imitando a los elefantes cuando son felices. Bendita locura.


P.D: Queso para un mamón

lunes, 11 de octubre de 2010

Bufandas


No me gustan en demasía los números. Nos sujetan siempre a condiciones, encierran límites. A partir de hoy será un día infinito, dejando los dígitos para los que prefieren vivir en círculo, obcecados una y otra vez por encontrar la salida.

Arrivó al puerto sin hacer mucho ruido. No era ella muy propensa a los aspavientos. Él, sin llegar a ser una persona apocada, mostraba rasgos de una persona pusilánime. La noche era sucia. La sordidez se había apoderado del cielo. El frío congelaba las ideas. Invierno dentro del invierno. Le ofreció su bufanda para que su imaginación no sufriese desperfectos en aquel ambiente nocturno tan gélido. Dos colores: azul y rojo, distribuidos en cuadros.

En cierto modo, quería que ella captara el mensaje. Salta de cuadro en cuadro, no te limites a un único color, no te quedes encerrada en una única sensación. Las distintas tonalidades y la viveza que le correspondería a cada una ya se encargaría de dárselas ella, cuyo semblante parecía un lienzo de sueños a pesar de la apatía de la oscuridad.

Meses después, se encuentran con el estío. Empero, se sigue necesitando aquella bufanda. La fantasía dentro de su mente, sus ensoñaciones y sobre todo, su creatividad, deben ser conservadas. Puede que él ahora sea más tímido que antaño. Mentiría si no dijese que en sus cuatro, perdón, infinitas horas de fábulas (que no de sueño) no ha pensado en ella. Quiere ver ilusión en cada uno de los rasgos de su cara. Llega al trabajo y lo primero que piensa es en escribirle unas líneas, aunque rocen lo absurdo. Todo en su universo particular lleva un valor añadido. Por eso le ofrece ahora unas alas. No, no quiere que vuele. Desea que vaya siempre un paso por delante de la marea, que se sitúe en la cresta de la ola. Aquí no hay lugar para los estanques.

Cuando encuentre su emplazamiento onírico donde quiere acampar y las mentiras sean un invento no patentado, la bufanda servirá de ancla.
P.D: Queso para un mamón

domingo, 10 de octubre de 2010

El aleph


Aleph. Diminuta espiral vertiginosa. Toda lo que ha existido, existe y existirá, multiplicado por todas las cosas que pudieron ser y no fueron, se concentran aquí.

Nunca se ha descubierto un aleph en el mundo real, pero en el universo mágico de tu imaginación estoy convencido de que existe uno.

Disfruta de ese deleite con el que pocos tienen la capacidad de enaltecerse.

Preguntas sin respuesta. Misterios sin resolver. Dudas indescifrables. Es complejo escudriñar a qué sabe el agua. Expresar con palabras la textura del cielo, misión harto complicada.

Pero si te cuestiono de qué estás hecha, ¿responderías que gran parte de tu composición se debe al material con el que se fabrican los sueños?

Bienvenida a la sección de los deseos. Acabas de llegar al aleph.

sábado, 9 de octubre de 2010

Felicidad


Música, melancólico alimento para él, una persona que vivía a base de amor. Ya no hacía demasiado caso a la gramola de su corazón. El giradiscos de su vida, antaño abierto a nuevas aventuras, se mostraba ahora impertinente. Ambivalencia al margen, su clave de sol, cándida como en su más tierna infancia, quería desgranar cada rincón inhóspito y lúgubre de la mundología. Avidez como aditamento, música como alimento.

Su amor era pobre. Cajón pordiosero y desamparado de ilusiones. Un amor que se alimentaba de pensamiento, por lo que en el fondo sabía que no podía ir más allá porque no existía otra cosa que no fuesen paredes verticales. De todos los sentimientos, sabía que el único que no era realmente suyo recibía el nombre el nombre de esperanza. Multitud de vicisitudes, tesituras. Para comprender que la esperanza le pertenece a la vida. Era la misma vida defendiéndose.

Su voz y él, dos entes absolutamente incomunicados entre sí salvo por medio de los sentidos y las palabras. Ejemplo de mesura, de abordar los hechizos con rostro imperturbable. Desconfiaba. El amor, sospechoso número uno. La amaba de manera absurda. Vivir irracionalmente, sometiéndose al destino. Amar disparatadamente, la única forma de romper el inadmisible vacío infinito.

Se está atando los zapatos. Contento, silbando. Y de pronto, ciclogénesis explosiva. Vientos huracanados, lluvias torrenciales y avalanchas. Encontró el condimento. Felicidad le llaman.
P.D: Queso para un mamón

viernes, 8 de octubre de 2010

Colinas


Rodaba colina abajo. Los rayos centelleantes no le permitían ver más alla de los cristales de esas gafas que minutos atrás decidieron asesinar su llanto desconsolado.

Niebla espesa. Miedo involuntario. Incapaz de encontrar un freno en aquella ladera sinfín. Las piedras del camino descosían los harapos de su alma, pero seguía esperando ese impulso que parase su destino imperfectamente perfecto.

El césped se volvía rojizo a su paso. El viento perdió su estela dulce y se convirtió en un individuo indómito, hiriendo las hojas de unos árboles que ya habían sufrido demasiado cuando en otoño se separaron de su cordón umbilical.

Le costaba pensar en días oscuros. El camino equivocado llegó a su final. El silencio existente entre sus cuerpos pronto quedaría en un despertar. La imagen que hay en su cabeza, responsable de que madrugue antes de que el sol se vista.

Histriónico como de costumbre, no se rindió. Para compensar tanta pérdida de vida, imaginó. Se situó en un bosque, allá donde habitan los seres más mágicos del subconsciente. Encontró lo que quería. Un hada. No un hada madrina a la antigua usanza. Una ninfa que veía innecesario utilizar dos palabras si con una le bastaba.

Calló y actuó. Él, presa del frenesí embriagador, comenzó a rodar colina arriba.
P.D: Queso para un mamón