
Le complace amanecer de tal forma. Aletargado en una pequeña silla de cuatro patas, que en ocasiones, a lo largo de la noche, ha adquirido existencia propia. Vuelve a despertar con cara de loco. Misteriosas reflexiones atacan su ya degradada imaginación a causa de sus anhelos. Le gustaría que estuviese aquí, ahora. Sabe que le complacería presenciar el espectáculo que está teniendo lugar allá arriba, por encima de su cabeza... pero por debajo de sus pies.
Sin embargo, está tranquilo. No tiene ningún tipo de cobardía. En este amanecer se siente más bizarro que nunca. Esa gallardía se la otorga la seguridad de que ella estará pasando una agradable velada entre helados de chocolate. Mientras ella duerme, él toma su mano. Quiere que de algún modo esté presente. Las sonrisas las dibujará él en su cara, pincel en mano. O mejor, cera blanda. Nubes en forma de esponjita. Pájaros convertidos en arazules. Aviones hechos con fresitas. Y un sol... menudo sol. Un kiwi de gominola. Un sol de color verde, fruto del constante oleaje durante toda la noche. Los ladrillos de este cielo son sólo para ella, confinado para su alborozo.
Se apagan las luces de la calle. La maquinaria de sus luciérnagas funcionan en su mundo interior a pleno rendimiento. Él ya se va a casa, donde los desayunos saben a bienvenida. Sonriente, consciente de que ha cumplido su objetivo. Su intermitente ha quedado inutilizado. Ahora va a reír insistentemente y no a intervalos. No puede evitarlo. Antes de marchar, dibuja con tiza algo en su frente. Y es que no quiere que olvide que por ella es capaz de hacer que cada día nieve bajo el agua. Será lo primero que vea al despertar y mirarse en los charcos, sus particulares espejos.
Ahora sí, su cara de loco desaparece. Con interrupciones, este mensaje, escrito sin arrugas, ha durado veinticinco minutos. Locos e intensos en demasía para resultar ciertos.
P.D: Queso para un mamón













