lunes, 11 de octubre de 2010

Bufandas


No me gustan en demasía los números. Nos sujetan siempre a condiciones, encierran límites. A partir de hoy será un día infinito, dejando los dígitos para los que prefieren vivir en círculo, obcecados una y otra vez por encontrar la salida.

Arrivó al puerto sin hacer mucho ruido. No era ella muy propensa a los aspavientos. Él, sin llegar a ser una persona apocada, mostraba rasgos de una persona pusilánime. La noche era sucia. La sordidez se había apoderado del cielo. El frío congelaba las ideas. Invierno dentro del invierno. Le ofreció su bufanda para que su imaginación no sufriese desperfectos en aquel ambiente nocturno tan gélido. Dos colores: azul y rojo, distribuidos en cuadros.

En cierto modo, quería que ella captara el mensaje. Salta de cuadro en cuadro, no te limites a un único color, no te quedes encerrada en una única sensación. Las distintas tonalidades y la viveza que le correspondería a cada una ya se encargaría de dárselas ella, cuyo semblante parecía un lienzo de sueños a pesar de la apatía de la oscuridad.

Meses después, se encuentran con el estío. Empero, se sigue necesitando aquella bufanda. La fantasía dentro de su mente, sus ensoñaciones y sobre todo, su creatividad, deben ser conservadas. Puede que él ahora sea más tímido que antaño. Mentiría si no dijese que en sus cuatro, perdón, infinitas horas de fábulas (que no de sueño) no ha pensado en ella. Quiere ver ilusión en cada uno de los rasgos de su cara. Llega al trabajo y lo primero que piensa es en escribirle unas líneas, aunque rocen lo absurdo. Todo en su universo particular lleva un valor añadido. Por eso le ofrece ahora unas alas. No, no quiere que vuele. Desea que vaya siempre un paso por delante de la marea, que se sitúe en la cresta de la ola. Aquí no hay lugar para los estanques.

Cuando encuentre su emplazamiento onírico donde quiere acampar y las mentiras sean un invento no patentado, la bufanda servirá de ancla.
P.D: Queso para un mamón

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