
Se despierta. O mejor dicho, se levanta. No ha pegado ojo en toda la frígida y calurosa noche. Amanece con cara de esquizofrenia. Su cama, cubierta de globos de todos los colores, augurua un día esplendoroso. Quiere borrar los rescoldos del pasado día, cuando ella se fue sin despedir. Quizás se fue a una de esas cenas que saben a despedida prematura. Sin embargo, no quiere que sus huellas dactilares desaparezcan de su vida. Desayuno de helado preparado, se dispone a ir a la azotea.
El camino no es nada sencillo, más bien tortuoso. Pisar los charcos que conducen a la puerta nunca le resultó tan fascinante. Pero se entretiene. Es inevitable quedar embelesado con las burbujas que la estancia en su memoria ha fabricado para su regocijo. Algo llama inusitadamente su atención. Recordaba que la composición de cada uno de sus habitáculos de su morada se basaba en el ladrillo, pero desconocía que su azotea estuviese hecha con amapolas en forma de corazones rojos.
Para animar la soporífera mañana veraniega, un piano colocado estratégicamente en el centro de la azotea, hace sonar música inefable, como esos cuentos que disfrutas de tal forma que estás ansioso de llegar al final. No hay nadie al frente del piano. Es posible que sea su imaginación. Es entonces cuando se percata que una pelota está haciendo sonar las cuerdas del piano. Es una señal, su vida empieza a afinarse. En circunstancias oníricas, muchos aspectos resultan incomprensibles. La pelota se abalanza sobre él, le golpea y cae fulminado sobre las amapolas.
La mañana siguiente, cree que todo ha sido una fábula. Cama cubierta de pelotas de colores. Piensa que le puede haber hecho una visita el amor. O que se está empezando a volver loco. La bendita locura del día anterior se torna en un agradable trastorno amoroso.
P.D: Queso para un mamón





